Capítulo 2. Junto a los ríos de Babilonia

En 1883, un catedrático alemán de treinta y nueve años, Julius Wellhausen, publicó sus Prolegomena zur Geschichte Israels («Prolegómenos a la historia de Israel»), donde resumía hábilmente el consenso cada vez mayor reinante entre los estudiosos de la Biblia, para los cuales, independientemente de la revelación que hubiera recibido Moisés en el monte Sinaí, la versión escrita de la Torá, tal y como la conocemos, no fue obra de un solo autor. Presentando la que él mismo denominó la «hipótesis documental», Wellhausen identificaba y ordebana cronológicamente cuatro tramas argumentales, fuentes o estratos distintos, que había sido tejidos juntamente cuando la Torá adoptó la forma en la que la conocemos actualmente. Cada uno representaba una serie de rasgos distintivos, preocupaciones y formas de referirse a Dios; cada uno surgido en un momento distinto del desarrollo histórico del Israel antiguo; cada uno respondía presiones distintas y representaban diferentes intereses institucionales e ideas teológicas distintas.

A los más escépticos semejante pretensión quizá les pareciera patética y casi ridícula: un absurdo digno de los Monty Python, en el que la demostración más evidente de una derrota es proclamada una prueba incontrovertible de omnipotencia. Pero curiosamente parece que esa fue la postura que triunfó históricamente, no solo entre los judíos, que durante milenios han afirmado el poder de Yavé frente a las abrumadoras pruebas de su incapacidad de protegerlos y defenderlos, sino también, y con más éxito incluso, entre los cristianos, que elevaron este argumento a un nuevo nivel. Su salvador omnipotente fue golpeado, escupido y ejecutado con el suplicio reservado a los del delincuentes y a los esclavos, pero ese destino miserable era precisamente la prueba del cumplimiento en su persona de los designios del padre todopoderoso.

Un dios que ejercía un poder tan absoluto —que podía tratar a Nabucodonosor y a los iguales de Nabucodonosor como vasallos suyos— no solo era el dueño y señor del universo, sino su creador; no solo el mayor de los dioses, sino el único dios verdadero; no solo la hacedor de los judíos, sino el hacedor de toda la humanidad. La Biblia de los hebreos que fue confeccionada de forma tan brillante tras el regreso del destierro no podía empezar, por tanto, por Abraham y los orígenes de los hebreos. Tenía que empezar por Adán y Eva.